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Observatorio

astl.tv

Jan de Vos y la Selva Lacandona

Enviado el Thursday, 25 August a las 05:00:00
Tópico: Derechos de los pueblos originarios

* Esa mítica tierra para sembrar sueños…y cosechar pesadillas.
* Fue el eje central de su copiosa obra historiográfica.
* Así fue el primer encuentro con el historiador y amigo.
* Desenmascaró en tres libros los mitos gubernamentales.
* Su súbita partida nos ha dejado estupefactos, atónitos, perplejos.
* Sin querer darnos cuenta de que ha muerto...




Miguel Ángel García Aguirre * / MPS / IK BALAM
San Cristóbal de las Casas, Chiapas



La madrugada del domingo 24 de julio de 2011, falleció en la Ciudad de México el profesor Jan de Vos, amigo, compañero y maestro invaluable, de quien, a raíz de su lamentable muerte, mucho se ha escrito acerca de su vida, sus investigaciones históricas y su inmensa generosidad.


No pensaba yo escribir nada sobre él, pues en un principio consideré que -acertadamente- ya habían dicho lo suficiente Luis Hernández Navarro, Neil Harvey y Hermann Bellinghausen, entre muchos otros.


Sin embargo, en el último homenaje íntimo rendido a don Jan de Vos por parte de familiares y amigos, una compañera de luchas me hizo notar que, si bien a raíz de su muerte se había escrito mucho sobre él y su obra, en esos escritos recientes se había tocado de forma insuficiente el tema que más apasionó a nuestro amigo historiador, y sobre el cual giró la Selva Lacandona, eje central de su copiosa producción historiográfica.


Y menos aún –dijo bien nuestra amiga-, nadie había resaltado suficientemente el papel que habían jugado en la lucha por la defensa de ese mítico territorio indígena los vitales descubrimientos históricos que las acuciosas investigaciones de Jan puso al descubierto.


Después de reflexionarlo, consideré que Ana –nuestra amiga- tenía razón, y me decidí a escribir un algo al respecto.


Primer encuentro con Jan


En junio de 2000, nuestra organización no gubernamental Maderas del Pueblo del Sureste A.C. fue invitada a participar en una mesa redonda realizada en el auditorio del Museo de Historia Natural, ubicado en la segunda sección del Bosque de Chapultepec en la ciudad de México.


El tema fue “Los incendios forestales y la problemática ambiental de la Reserva de Biosfera de Montes Azules”, tema álgido en esos momentos porque, desde fines de abril de ese 2000, apareció en la prensa nacional una sistemática campaña de denuncias, expresadas por fundaciones conservacionistas trasnacionales como WWF y académicos urbanos, acerca de la existencia de “terribles incendios forestales, provocados por comunidades indígenas irregulares, los cuales estaban arrasando con diez mil hectáreas de selva virgen en la Reserva de Biosfera Montes Azules”.


La campaña culminó con un desplegado a plana completa, publicado el 12 de mayo de ese año en todos los periódicos de circulación nacional, en el cual las fundaciones y los académicos, a los que se sumaban un conjunto de grupos ecologistas de la capital del país  demandaban “a las autoridades federales y estatales, hacer valer la Ley y actuar con responsabilidad para salvar la Selva Lacandona”.


En ese contexto de verdadero linchamiento mediático de las comunidades indígenas des-calificadas por el gobierno federal como “irregulares”, asentadas en Montes Azules por desplazamiento forzoso -necesidad de supervivencia o a causa de la guerra en Chiapas- creado a trasmano por la maestra Julia Carabias, entonces titular de la Secretaría de Medio Ambiente, Recursos Naturales y Pesca ( SEMARNAP) y por su oscuro asesor político, Jorge del Valle, se dio una respuesta por parte de la organización indígena ARIC Independiente y de su entonces coordinador, Porfirio Encino (joven indígena tseltal, originario de una comunidad amenazada de desalojo, amigo de Jan y perseguido político por el régimen de Roberto Albores Guillén), con la realización de un foro indígena denominado “Por la Defensa de la Vida, de la Tierra y de los Recursos Naturales”.


Este se llevó a cabo los días 19 y 20 de mayo de 2000 en la comunidad tsotsil de Nuevo San Gregorio, ubicada en el corazón de Montes Azules, cuyo objetivo era demostrar ante la opinión pública y ante los grupos ecologistas y defensores de derechos humanos, tanto la inexistencia de los supuestos incendios, como la voluntad y decisión de las comunidades indígenas “irregulares”, de hacer un manejo sustentable y conservacionista de los bienes naturales y de convertirse en “guardianes de la Reserva”.


Como testigos y como apoyo desde el ámbito ecologista, asistimos la organización Guerreros Verdes, AC y Maderas del Pueblo del Sureste, A.C. y, de parte de los defensores de derechos humanos, el Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, la Coalición de Organizaciones Autónomas de Ocosingo (COAO) y la Unión Nacional de Organizaciones Campesinas (UNORCA).


Como Maderas del Pueblo del Sureste, algo sabíamos técnicamente acerca de los incendios forestales en selva, luego de habernos enfrentado –en apoyo y acompañamiento a las comunidades zoques- a los terribles y sospechosos incendios que ocurrieron en la región de los Chimalapas, Oaxaca, en mayo y junio de 1998.


Esa experiencia técnica y social nos enseñó –entre muchas otras cosas- que, para que una quema de pasto o roza de milpa se convierta en un incendio forestal en la selva, se requieren dos condiciones climáticas extremas y adversas: humedad cero en el ambiente y fuertes vientos secos, factores que no estaban presentes en la Lacandona ni en Montes Azules en mayo del 2000, por lo que, desde un principio, percibimos el trasfondo político, contrainsurgente y manipulador de esta campaña mediática, y así lo denunciamos públicamente.


Entonces se dio aquella mesa redonda en el Museo de Historia Natural, con la presencia desde el lado oficial y defendiendo la versión de los “depredadores incendios” y justificando los desalojos, de Carlos Toledo, mano derecha –literal- de Julia Carabias en SEMARNAP; Carlos Zolla del Instituto Nacional Indigenista (INI) y el ecólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Rodrigo Medellín.


Defendiendo el derecho de las comunidades amenazadas de desalojo y sosteniendo la viabilidad técnica de un manejo sustentable de esas comunidades, estábamos Andrés Barreda, de la Facultad e Economía de la UNAM, y yo, como representante de Maderas del Pueblo del Sureste.


Una de las vertientes centrales de mi exposición consistió en mostrar la falsedad histórica de los mal llamados “lacandones”, y el gigantesco fraude agrario cometido por el gobierno federal -avalado por el gobierno estatal de Manuel Velasco Suárez- con la publicación, a principios de 1972, del Decreto de Reconocimiento y Titulación de los Bienes Comunales de la Zona Lacandona.


Mediante éste, dolosamente se hacía propietarias de 614 mil hectáreas de selva a sólo 66 familias maya caribes (llamadas y reivindicadas como “lacandonas” por el citado decreto), todo ello con el trasfondo real de “legitimar y legalizar” la explotación de maderas preciosas por parte de la empresa paraestatal COFOLASA.


Este doloso y fraudulento decreto agrario -que desde entonces ha servido de fundamento al gobierno para descalificar a las comunidades tseltales, tsoltsiles choles y tojolabales asentadas en la selva a partir de la década de 1950, acusándolas de “irregulares” y a los indígenas de ”invasores”-, fue a la vez, junto con el posterior Decreto presidencial que establece la Reserva de Biosfera Montes Azules, una de las principales causas que originaron la organización autónoma indígena en la selva, que devino en la posterior formación y levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) el 1 de enero de 1994.


Al final de mi ponencia tuve a bien aclararle al auditorio, que la mayor parte de lo expuesto no era sino una síntesis de las excelentes investigaciones del historiador Jan de Vos, recomendándoles la lectura de “La Paz de Dios y el Rey” y “Oro Verde”, los dos libros sobre la Lacandona escritos por él, editados por el Fondo de Cultura Económica (FCE).


Durante el debate público ocurrido luego de las ponencias, sobresalió la participación de una mujer madura, combativa, quien, airadamente, cuestionó con energía a los voceros oficiales: al final del acto se me acercó esa mujer, que no era otra sino la combativa Emma Cossío.


La acompañaba un hombre igualmente maduro, rubio, alto y muy sonriente, quien sin más me dijo: “Soy Jan de Vos…mucho gusto; me gustó tu exposición”. “Vaya -le respondí- qué bueno que aclaré públicamente la fuente central de mi exposición, pues si no ¡qué quemón me hubiera metido!”.


Jan soltó una franca carcajada de esas que le caracterizaban, y sin más trámite me invitó a comer al día siguiente al departamento que compartía con Emma en la colonia San José Insurgentes.


A partir de ahí se forjó entre nosotros una amistad personal que se acrecentó cuando, como Maderas del Pueblo del Sureste A.C., por presiones de todo tipo, nos vimos obligados a salir de los Chimalapas y, en lo personal, cuando la crisis financiera me convirtió en “exiliado” económico, viéndome obligado emigrar a Chiapas y aceptar la generosa invitación que me hizo en enero de 2001 el hoy fallecido compañero Porfirio Encino.


Él  había sido recién nombrado Secretario de Pueblos Indios del gabinete de Pablo Salazar Mendiguchía, y pasé a colaborar como coordinador de asesores, hecho que coincidió con la decisión de Jan de regresar a radicar definitivamente a San Cristóbal de las Casas.


Fue en 2001 y 2002 cuando la mutua amistad que teníamos con Porfirio, y la compartida –entre los tres- preocupación e indignación por los reiterados intentos de desalojo instrumentados por el gobierno federal (SEMARNAT-PROFEPA-SEGOB), apoyados cínicamente por algunos funcionarios estatales como Rubén Velázquez (Desarrollo Rural) y Pablo Muench (IHN), nos hizo reunirnos frecuentemente para compartir información.


Jan lo hacía con su acervo histórico, y Porfirio y yo con la información de los hechos recientes que iban saliendo de las comunidades y de las reuniones oficiales a las que asistía la SEPI, coincidiendo ello con la culminación de “Una tierra para sembrar sueños”, su excelente libro que completó una extraordinaria trilogía.


En contraparte a su excelente labor académica, no poco se ha cuestionado de Jan su aparente falta de compromiso político público para con las comunidades indígenas de la Selva Lacandona en resistencia, armada (EZLN) ó pacífica (ARIC Independiente y ARIC Unión de Uniones Histórica).


No era esa ni su naturaleza ni su rol, porque Jan de Vos no era ni podía convertirse en un activista: no había nacido para “tomar las armas”; sino para forjar al menos dos de ellas y de las más letales: las armas de la verdad y de la razón.


De esa forma, Jan brindó a la resistencia y al activismo el aporte central de su obra historiográfica sobre la – literalmente hablando- mítica Lacandona, consistente en datos y hechos que dejaron al desnudo dos mitos “geniales” relativos a la selva y a su historia, esgrimidos para justificar desalojos, despojos e injusticias, no sólo por el gobierno, sino también por académicos al servicio del poder y por conservacionistas al servicio

del dinero -y viceversa-.


Ese par de mitos “geniales” desnudados por la obra de Jan, son:


1º. “La Reserva de Biosfera de Montes Azules es una selva virgen intocada; de ahí su alta biodiversidad; luego entonces, así debe de mantenerse”.


Nada más falso: las investigaciones de Jan acerca de la explotación maderera realizada entre 1850 y 1920 en toda la Selva Lacandona por parte de empresas, son en su mayoría parte del mito concebido aquí en su peyorativa acepción de leyenda, basada en falsedades de origen extranjero publicadas en su libro “Oro Verde”, que demuestran lo asediada y “violentada” que se vió la “virgen” selva durante un largo período reciente (sin hablar aquí del prehispánico poblamiento maya que alcanzó en la Lacandona un millón de habitantes).


No está por demás decir que resultaba delicioso escuchar a Jan narrar de viva voz su aventura, cuando penetró hasta el corazón de Montes Azules a través del río Tzendales, para constatar la existencia de restos arqueológicos de un gigantesco aserradero que, usando mano de obra indígena semiesclava de peones acasillados, saqueó la madera preciosa de esa “pristina” zona hacia finales del siglo XIX y principios del XX.


2º. “Los Lacandones que hoy conocemos son los dueños ancestrales de la Selva Lacandona, y por ello tienen derechos históricos de propiedad sobre ella”.


Falso totalmente: los hechos documentados y escritos magistralmente por Jan de Vos en su obra “La Paz de Dios y el Rey” echan por tierra esta falaz afirmación, pues demuestran que el pueblo originario y verdadero poblador ancestral de la selva fueron los lacantunes,

ancestros de los actuales ch´oles, quienes resistieron durante dos siglos a la conquista española, hasta que se vieron totalmente exterminados a inicios del siglo XVIII.


Casi al mismo tiempo, llegaron a la Selva Lacandona grupos de indígenas migrantes de origen maya caribe provenientes de la península de Yucatán, quienes un siglo y medio después fueron bautizados erróneamente por el antropólogo francés Jacques Soustelle –y luego por la suiza Gertrudis Duby- como “lacandones”, enzalsados de forma equivocada como los “descendientes de los príncipes de Palenque y Bonampak”.


Con ambos descubrimientos trascendentales, la obra académica de Jan de Vos deslegitima, de un plumazo, los falaces fundamentos que han esgrimido el gobierno y sus aliados conservacionistas para justificar la contrainsurgente -y violatoria de los más elementales derechos colectivos- estrategia de reubicación forzosa y desalojo de comunidades indígenas en Montes Azules y demás Áreas Naturales Protegidas ubicadas en la Selva Lacandona.


Ese –nada más ni nada menos.- ha sido el aporte de Jan a la lucha de resistencia a esta brutal política de despeje territorial y despojo social, y con base en ello, redes civiles, las ARICs y el propio EZLN, a través de sus voceros y simpatizantes, desnudamos públicamente en reiteradas ocasiones las mentiras oficiales.


En ese sentido, recuerdo cómo las veces en que Jan vino de visita a nuestra casa-oficina de Maderas del Pueblo del Sureste en San Cristóbal a compartir familiarmente música, pozole y mezcal, se solazaba divertido, diciéndonos que, mientras él escribía los libros, nosotros los convertíamos en panfletos…y que eso estaba muy bien –decía riendo- porque difícilmente sus libros los iban a poder leer las comunidades indígenas de la selva.


Cosecha de pesadillas


Sin embargo, a partir de 2003, luego del desencanto y descontrol producido por la contrarreforma indígena, así como después del extraño accidente de avioneta en el que falleció Porfirio Encino, y también de la salida de la Secretaría de Gobierno de Chiapas de Emilio Zebadúa González y la abierta derechización de Pablo Salazar, astutamente la inteligencia política gubernamental profundizó en la Lacandona una estrategia de bajo perfil, de baja intensidad y de largo plazo.


 Esta estuvo basada en la cuantiosa inyección de recursos (proyectos); la irrupción de los partidos políticos en la vida social comunitaria; así como en el desgaste, la división y la cooptación de las organizaciones sociales, comunidades, líderes indígenas y organizaciones no gubernamentales, que estaban en resistencia activa frente a los desalojos en Montes Azules.


Y así, ante nuestros ojos, los sueños en esa mítica tierra fueron convirtiéndose en pesadillas para los 45 poblados indígenas acusados de invasores de la tierra “lacandona” y “depredadores” de la Reserva Montes Azules., quienes fueron entonces objeto abierto de presiones, amenazas y hostigamiento para lograr su reubicación forzosa –vía reacomodo primero e indemnización después- o –en caso de negativa- su desalojo violento y encarcelamiento de líderes.


Se llegó al dramático y silenciado caso del pequeño poblado de Viejo Velasco, donde 38 habitantes tseltales que se negaron a la reubicación fueron masacrados en un operativo armado de corte paramilitar realizado el 13 de noviembre de 2007.


Jan de Vos, aunque no lo hiciera público, lamentaba y se indignaba en privado con esta situación, y acopiaba e investigaba todo lo relativo a esos desalojos, plasmando sus resultados en uno de los capítulos que conforman su último libro denominado “Caminos del Mayab: cinco incursiones en el pasado de Chiapas”.


Fue presentado apenas el 30 de marzo de 2011, durante la conmemoración de que fue objeto en San Cristóbal, por sus 30 años de escritor y 75 de vida, y valga decir que el 1 de agosto del mismo 2011, en la Plaza de la Paz de San Cristóbal de las Casas, se colocaron en plantón cinco familias indígenas de origen ch´ol, cuya pesadilla se materializó el 17 de diciembre de 2002.


Fueron desalojados de su pequeño poblado Lucio Cabañas, ubicado en las orillas del río Lacantún, porción sur de la Reserva Montes Azules, para ser llevados forzosamente, primero a un albergue en Comitán, posteriormente a Teopisca, para –luego de largas gestiones y denuncias- ser reubicados en un predio del municipio de Salto de Agua, de donde nuevamente fueron desalojados.


En contraparte, el mismo 1 de agosto, escuchamos por radio la buena noticia de que, en la ciudad de México, la ARIC Independiente y la llamada Comunidad Lacandona, anunciaron al pueblo mexicano que llegaron al acuerdo “de no permitir más desalojos de hermanos indígenas: hemos llegado a la conclusión que la salida jurídica es impedir que San Gregorio, Salvador Allende y Ranchería Corozal sean expulsados, así que pidieron al presidente Felipe Calderón expropiar las tres tierras en riesgo en favor de los Bienes Comunales Zona Lacandona”


Este trascendente acuerdo -alcanzado directamente entre ellos en contra de la voluntad y total oposición de los gobiernos federal y estatal, luego de 40 años de resistencia y negociación- permitiría la justa regularización de esas tres últimas comunidades que aún quedan dentro de Montes Azules: Nuevo San Gregorio, Ranchería Corozal y Salvador Allende, poblado éste último al que Jan tenía especial cariño, pues lo visitó, pernoctando y conviviendo con las familias indígenas en su último viaje realizado a su amada y mítica Selva Lacandona.


Epílogo


Quienes hemos leído, admirado y compartido la obra, generosidad y vida de Jan de Vos tenemos para con él y para con su memoria, una ineludible obligación moral: hacer todo lo que esté a nuestro alcance – desde cualquiera de los ámbitos en los que nos desenvolvamos- para impedir que continúe el avance de la peor de todas las pesadillas que se ciernen sobre la Selva Lacandona y sobre nuestras propias vidas como pueblo: la mercantilización y privatización corporativa multinacional de nuestros invaluables bienes naturales comunes.


No vaya a ser que un día de éstos, despertemos y nos encontremos con que el aire, el agua y la selva misma tengan grabado un logotipo que diga: Coca Cola, Monsanto, Pfizer o Ford Motor Company.


San Cristóbal de las Casas, Jovel, Chiapas, agosto de 2011.


* Coordinador General de Maderas del Pueblo del Sureste A.C.


 
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